Capítulo 2
El aroma familiar
Luis avanzó con cautela por el pasillo del cuarto piso, ese que no debería existir pero que ahora se desplegaba ante sus ojos con una precisión inquietante. A cada paso, el aroma a su abrigo, un olor que él reconocía al instante, se hacía más intenso, envolviéndolo como una neblina invisible que despertaba tanto su curiosidad como una sensación extraña de incomodidad.
El olor era una mezcla de cuero gastado, madera envejecida y un toque de tabaco frío, el mismo aroma que su abrigo desprendía después de días sin ventilarse. Era como si el cuarto piso mismo estuviera impregnado de ese olor, una presencia que parecía llamarlo o advertirle. Luis se detuvo un momento y cerró los ojos, tratando de identificar el origen exacto del aroma. No venía de ninguna dirección específica, sino que parecía emanar de las paredes, del aire mismo, como si el espacio estuviera vivo y respirara a su alrededor.
Sintió un escalofrío recorrer su espalda. Este cuarto piso, con sus puertas barnizadas y cortinas desvencijadas, parecía un eco del tiempo, un lugar detenido en una época que Luis apenas podía ubicar pero que le resultaba extrañamente familiar. Decidió acercarse a la primera puerta a la derecha. La madera estaba gastada, con la pintura descascarada y una placa oxidada que apenas dejaba leer el número: 4B.
Al tocar el pomo, el olor a su abrigo se intensificó hasta casi llenar sus sentidos. Luis dudó un instante, luego giró el pomo con suavidad y empujó la puerta. El interior era una sala pequeña, apenas iluminada por la luz tenue que entraba por una ventana cubierta de polvo. Había una silla de madera, una mesa con libros apilados y una manta que parecía haber sido dejada allí hacía mucho tiempo.
Luis entró y cerró la puerta detrás de él. El olor persistía, pero ahora tenía una cualidad más íntima, más personal. Se acercó a la mesa y tomó uno de los libros, que tenía la cubierta de cuero y las páginas amarillentas. Al abrirlo, vio que estaba lleno de anotaciones manuscritas, detalles que parecían describir lugares y momentos que él reconocía vagamente, recuerdos que creía olvidados.
Mientras leía, su mente comenzó a fragmentarse entre el presente y esos recuerdos que el libro despertaba. Recordó tardes en el parque, conversaciones con viejos amigos, rostros que hacía tiempo no veía. Cada palabra parecía conectarlo más profundamente con ese cuarto piso, como si el espacio estuviera tejido con sus emociones y vivencias.
De repente, un sonido suave, como un suspiro, llenó la habitación. Luis levantó la vista y vio que la manta se movía levemente, como si alguien la hubiera tocado. Su corazón se aceleró y dio un paso atrás, buscando entender qué estaba pasando. Sin embargo, no había nadie más allí. Solo el cuarto piso y ese aroma persistente, que ahora parecía un puente entre su mundo y este otro espacio.
Decidió explorar más. Abrió la puerta y volvió al pasillo, donde el aire seguía impregnado del olor a su abrigo. Avanzó hacia el final del corredor, que terminaba en una ventana que daba a un patio interior. Desde allí, la vista era extraña: las copas de los árboles parecían moverse sin viento, y el cielo tenía un tono difuso, como si estuviera pintado con acuarelas diluidas.
Luis se preguntó si ese lugar existía realmente o si era una creación de su mente, un refugio donde sus recuerdos y emociones se manifestaban en forma tangible. El olor a su abrigo, que al principio le pareció un detalle trivial, ahora tomaba un significado más profundo: era como si ese cuarto piso fuera una extensión de sí mismo, un espacio donde sus vivencias y su identidad se entrelazaban y se mostraban de una manera palpable.
Un golpe seco resonó en el pasillo, y Luis giró rápidamente hacia la fuente del ruido. Una puerta al final del corredor estaba entreabierta, invitándolo a entrar. Sin pensarlo mucho, caminó hacia ella y empujó suavemente. La habitación estaba vacía, salvo por un espejo antiguo que ocupaba casi toda una pared. Cuando Luis se acercó, vio su reflejo, pero algo no encajaba. En el espejo, su imagen parecía desvanecerse lentamente, como si estuviera perdiendo consistencia.
Trató de tocar el espejo, y al hacerlo, su mano pareció atravesar la superficie como si fuera agua. Un frío intenso lo envolvió, y de repente, se encontró en una versión distorsionada del pasillo, donde las sombras se alargaban y el aroma a su abrigo se había transformado en un susurro apenas audible.
Luis sintió que el suelo bajo sus pies se desvanecía, y tuvo que agarrarse a la pared para no caer. Respiró hondo y trató de mantener la calma. Recordó que el cuarto piso le había ofrecido una visión diferente de su realidad, pero ahora esa realidad parecía fracturarse y abrirse hacia lo desconocido.
Con determinación, decidió que debía entender qué era ese lugar y por qué el olor a su abrigo lo había guiado hasta allí. Volvió sobre sus pasos y salió del cuarto piso, encontrándose nuevamente en el ascensor. El olor se disipó lentamente, y el aire volvió a ser el de siempre, frío y metálico.
Mientras descendía al tercer piso, Luis pensaba en las puertas que podría abrir, no solo en ese edificio, sino en su propia mente y corazón. El cuarto piso no era solo un misterio arquitectónico; era un portal a sus emociones más profundas, un espacio donde lo tangible y lo intangible se mezclaban para revelar verdades ocultas.
Al salir del ascensor y cerrar la puerta detrás de él, Luis sintió que algo dentro de sí había cambiado. Sabía que volvería a ese cuarto piso, que la experiencia que había vivido era solo el comienzo de un viaje que lo llevaría a descubrir no solo los secretos del edificio, sino también los de su propia existencia.
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