Capítulo 1
El primer gesto que no vuelve
Desde que tiene memoria, Mateo ha observado su reflejo en el espejo con una curiosidad casi infantil, como si en ese vidrio se escondiera un mundo paralelo que sólo él puede visitar. Pero hoy, algo es diferente. Mientras se cepilla los dientes en el baño de su casa, nota un pequeño desfase: su reflejo no copia al instante un parpadeo que él realiza, sino que parece tardar un segundo, un segundo entero en imitar ese gesto mínimo.
Al principio piensa que es una ilusión, un juego de luces o un espejismo causado por la fatiga. Pero el desconcierto crece en su interior. Decide entonces hacer una prueba más precisa. Levanta lentamente la ceja derecha y observa con atención cómo su reflejo permanece inmóvil. Pasado un instante, casi con un retardo que le parece una eternidad, la ceja comienza a moverse, imitando su gesto. Mateo siente un escalofrío recorrerle la espalda. ¿Cómo es posible que su reflejo no responda al instante, si siempre había sido un espejo exacto y fiel?
Se separa un poco del espejo, aún sujetando el cepillo de dientes, y prueba con otros movimientos pequeños: frunce el ceño, esboza una sonrisa leve, cierra un ojo. Todos ellos se repiten en el reflejo, pero siempre con un pequeño retraso, una réplica que llega después de que él ha hecho el movimiento. La sensación es extraña, como si estuviera viendo una grabación en tiempo real que se reproduce con una ligera demora.
Mateo se siente atrapado en una paradoja. ¿Qué significa que su reflejo no sea una copia exacta y simultánea? ¿Es esto una falla en la percepción, un truco de la mente cansada o hay algo más oculto detrás? La idea de que el reflejo pueda ser algo más que una simple imagen lo inquieta profundamente.
Decide entonces hacer algo aún más arriesgado: intenta un gesto que pueda controlar y analizar con detalle. Levanta un dedo y lo mueve lentamente hacia la izquierda. Observa el espejo con atención y se da cuenta de que el dedo en el reflejo se mueve con el mismo retardo que los gestos anteriores. Pero esta vez, cuando el dedo del reflejo desaparece de la vista, Mateo nota que su propio dedo sigue moviéndose, pero el reflejo no lo acompaña. Es como si parte de su movimiento no volviera, como si algo se quedara en el aire, suspendido entre él y la imagen.
Esta pequeña anomalía provoca una mezcla de fascinación y temor. Mateo se siente como si estuviera rompiendo las reglas de la realidad, desafiando una ley invisible que hasta entonces consideraba inmutable. Se pregunta si hay algún límite, un gesto que su reflejo no pueda o no quiera replicar, y qué consecuencias podría tener descubrirlo.
Con cautela, decide probar un gesto aún más sutil: un parpadeo rápido seguido de una sonrisa leve. El reflejo tarda en imitar el parpadeo, como antes, pero cuando llega la sonrisa, algo cambia. La imagen sonríe, pero sus ojos permanecen fijos, sin parpadear de nuevo. Mateo siente que algo dentro del espejo se resiste, que no todo en ese reflejo es una copia fiel de sí mismo.
La habitación parece volverse más silenciosa, el aire más denso. Mateo se siente observado, no solo por su reflejo, sino por una presencia invisible que parece acechar detrás del cristal. Intenta recordar si alguna vez antes había sentido algo parecido, pero la memoria se le escapa, como si este momento fuera el primero en el que esa brecha entre realidad y reflejo se abre ante él.
Con el corazón acelerado, mira a su alrededor. La casa está tranquila, la luz del día entra por la ventana del baño y baña la pared opuesta con un brillo cálido. Sin embargo, el espejo parece ahora un portal a un mundo donde las reglas son diferentes, donde su imagen no es simplemente un reflejo, sino un enigma a descifrar.
Mateo se pregunta si debería contarle a alguien sobre lo que está sucediendo. Pero ¿quién le creería? ¿Cómo explicar que su reflejo no siempre lo sigue, que a veces se detiene, que a veces parece tener vida propia? Decide guardar el secreto por ahora, como un misterio personal que necesita explorar más antes de compartir.
Se acerca de nuevo al espejo y fija la mirada en sus propios ojos. Intenta mantener la calma, respirar con profundidad, y repetir los movimientos que ha probado. Cada gesto, cada expresión, es un pequeño experimento que lo acerca un poco más a la verdad oculta tras el cristal.
Mientras observa, la sensación de desconcierto se mezcla con una curiosidad insaciable. Mateo sabe que este es solo el comienzo de algo mucho más grande, un viaje hacia una realidad fragmentada donde lo que ve puede no ser lo que es, y lo que es puede no estar reflejado en la imagen que devuelve el espejo.
El tiempo parece detenerse en esa habitación mientras él sigue explorando, atrapado entre su propia imagen y el misterio que ésta ahora encierra. Esta primera fisura en la perfección del reflejo es una puerta abierta hacia lo desconocido, y Mateo está decidido a descubrir qué hay al otro lado, aunque eso signifique perderse a sí mismo en el proceso.
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