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Novela

Reflejos que No Vuelven

Capítulo 4

Un extraño visitante

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La mañana tras la fractura del espejo, Mateo aún se siente atrapado en un torbellino de pensamientos confusos. Los fragmentos del espejo, cuidadosamente guardados en una caja bajo su cama, parecen emitir un silencio pesado que pesa tanto como la incertidumbre que invade su mente. El día transcurre entre la rutina y la obsesión, con la imagen rota de su reflejo flotando en sus pensamientos.

Al caer la tarde, un timbre inesperado rompe la monotonía. Mateo abre la puerta y se encuentra con un hombre de mediana edad, con ojos que parecen haber visto más de lo que deberían y una expresión que mezcla curiosidad y solemnidad. No lleva uniforme ni identificación, solo una vieja mochila y un libro gastado bajo el brazo.

—Disculpa, ¿eres Mateo? —pregunta con voz pausada—. He oído hablar de ti y de tu espejo roto.

El corazón de Mateo se acelera. La sorpresa le impide responder de inmediato.

—¿Quién eres? —logra preguntar finalmente—. ¿Cómo sabes eso?

El hombre sonríe con una mezcla de tristeza y complicidad.

—Me llamo Elías. He estado siguiendo casos similares al tuyo durante años. No son simples coincidencias, ni fallos de percepción. Hay algo más profundo en juego.

Mateo siente una mezcla de miedo y esperanza. Invita a Elías a entrar, cerrando la puerta tras de sí mientras el crepúsculo comienza a teñir de naranja las paredes de su habitación.

Elías se sienta y saca el libro de su mochila. Es un volumen antiguo, con páginas amarillentas y marcas de haber sido consultado muchas veces. Al abrirlo, muestra diagramas de espejos, símbolos extraños y notas manuscritas sobre reflejos que no corresponden a la realidad.

—Este fenómeno —explica Elías— no es nuevo. Hay registros de personas que han experimentado lo que tú llamas "gestos que no vuelven" desde hace siglos. Algunas culturas lo interpretan como una puerta entre mundos, otras como una manifestación de la mente y la realidad en conflicto.

Mateo escucha atento, intentando absorber cada palabra. Elías continúa:

—Pero lo que tú has vivido es distinto. Que el espejo se quiebre y tu reflejo desaparezca es un signo de que la barrera entre tu mundo y el reflejado está debilitándose.

—¿Debilitándose? —replica Mateo, con el ceño fruncido—. ¿Qué significa eso para mí?

Elías se toma un momento antes de responder.

—Significa que lo que ves en el espejo puede empezar a influir en tu realidad, y viceversa. Que los límites que creías firmes se están deshaciendo. Por eso es importante entender qué está pasando, y rápido.

Mateo siente un escalofrío recorrer su espalda. La idea de que su reflejo pueda tener un impacto real en su vida le resulta aterradora y fascinante a la vez.

—¿Y cómo se puede detener? —pregunta—. ¿Hay alguna manera de restaurar el espejo? ¿De recuperar lo que se perdió?

Elías cierra el libro y mira a Mateo con seriedad.

—No es solo cuestión de arreglar el espejo físico. Debes entender la conexión que tienes con tu reflejo, y cómo tus emociones y tus pensamientos pueden estar alimentando esta ruptura. A veces, el reflejo actúa como un espejo del alma, y lo que no quieres ver en ti mismo se manifiesta en él.

Mateo se queda en silencio, reflexionando. Nunca había pensado en su reflejo como algo más que una imagen, una copia sin vida. Ahora, la idea de que pueda ser un espejo de su interior lo inquieta profundamente.

—¿Y qué hago ahora? —pregunta finalmente—. ¿Por dónde empiezo?

Elías sonríe levemente y saca de su mochila un pequeño espejo de mano, con un marco antiguo y delicado.

—Este espejo es especial. Puede ayudarte a observar lo que tu reflejo intenta mostrarte, más allá de la imagen superficial. Pero debes usarlo con cuidado, y estar dispuesto a enfrentarte a lo que veas.

Mateo toma el espejo con manos temblorosas. En la superficie pulida, su propio rostro se refleja, pero hay algo extraño en la mirada que lo devuelve.

—Gracias —dice Mateo, con voz apenas audible—. Esto significa mucho.

Elías se levanta, preparándose para irse.

—Recuerda, Mateo, no estás solo en esto. Hay otros que han pasado por lo mismo, y hay respuestas que aún esperan ser descubiertas. Pero el tiempo corre, y el reflejo no espera.

Con esas palabras, Elías se despide y desaparece en la noche, dejando a Mateo con el espejo en la mano y una sensación de que su vida acaba de cambiar para siempre.

Mientras la oscuridad se instala en la habitación, Mateo se queda mirando su reflejo en el pequeño espejo. Por un instante, cree ver una sombra moverse detrás de él, pero al girarse, no hay nadie. El misterio apenas comienza, y la línea entre lo real y lo reflejado se vuelve cada vez más difusa.

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